viernes, 2 de septiembre de 2011

Relato.

Frente a mi veía una impresionante esfera. Una forma geométrica perfecta. En equilibrio estable, suspendida en el espacio. Blanca, brillante, luminosa y poderosa. Una gran hostia blanca, femenina. Su belleza apaciguaba mis temores ante tanto poderío.

Pasados unos minutos, acomodadas mis pupilas, ya enganchadas a la febril imagen, con un inexplicable poder microscópico, aprecié sus entrañas. Estaba formada de una especie de red de mónadas, conectadas entre sí, pero no enganchadas, cómo formando un tejido de fina tela hindú. Pude apreciar “aliento vital” en esta exquisita arquitectura dispuesta en minúsculas líneas rectas, ridículas, triviales, temporales, materiales y corruptas.

No sé cómo, tal vez por azar, de repente, tuve ante mí una de aquellas líneas. Al momento me quedé perplejo al constatar que entrañaba un relato vital; material, corrupto, pasajero, inferior... El relato comenzaba con una génesis, una unión de lo masculino y lo femenino. -Entonces recordé aquella poderosa alegoría según la cual, no podía existir divinidad sin esa unión- Y finalizaba con la corrupción de la substancia engendrada. Aquella línea medía unos 82 años, se diría, toda una “vida”. Toda una vida, que se reducía a una simple chispa, un punto insignificante de entre millones que componían las miles y miles de líneas que formaban la esfera.

Entre el antes y el después, previamente delimitados, concentré toda mi energía, en la esencia de la línea, hasta apreciar diferentes escenarios que pronto identifiqué con una infancia, una juventud, una vitalidad en declive y una inevitable senectud. Me vi a mi mismo, me estremecí de tal manera ante aquella revelación que empapado en sudor desperté.

Ya sereno, con una taza de café con leche en la mano, atendido mi sustento, pero algo inquieto aún, mi inconsciente me obsequió con una idea que procuró mi sosiego "Sólo quien se conoce a sí mismo aprende el conocimiento de todo". Torpe de mí, lo estaba leyendo en la “Contra” de la Vanguardia del día.

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